Es común encontrar clientes que buscan un producto bueno, bonito y, además, al menor precio posible. Desde el punto de vista del comprador es comprensible querer obtener el mayor beneficio por su dinero.
Pero para un emprendedor, ofrecer un producto bueno y bonito implica mucho más que colocarle un precio. La calidad comienza desde la elección de los materiales, continúa en los procesos de elaboración y termina en los detalles de presentación y acabado.
Todo eso tiene un costo, aunque también puede convertirse en valor cuando se traduce en funcionalidad, durabilidad y una buena experiencia para el cliente.
Por eso, el cliente que realmente valora la calidad no siempre busca simplemente lo más barato. Está dispuesto a pagar por aquello que cumple lo que espera y por lo que considera que vale la pena.
Para el emprendedor, bueno y bonito puede tener un precio competitivo, pero difícilmente será lo más barato. Porque cuando un cliente exige más valor, también debe estar dispuesto a reconocerlo en el precio.
«El cliente ideal no siempre es quien busca el precio más bajo, sino quien reconoce el valor de lo que está comprando.»




